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La Horquilla de la Felicidad.

Publicado en Brandlife, Especial Nº 100

Tin! Sonó el microondas. Al abrir la puerta de aquel cacharro, el reflejo de la cara de Carlos desapareció. Una mano sacó un plato de sopa humeante y lo llevó hasta la mesa. Un mantel de cuadros bien planchado la cubría. Carlos miró la mesa: pan, servilleta a juego con el mantel, un vaso de vino, el cuchillo y la cuchara a la derecha, el tenedor a la izquierda, el salero frente al plato, una naranja a 45 grados a la derecha por encima del plato y el mando de la tele al lado del vaso de vino. Carlos sonrió y se sentó. Cogió el mando, apretó el botón 1 y justo en ese instante, empezó el telediario de las 9.

En ese momento, la sala entera se levantó a aplaudir. ¡Había gustado! Los aplausos duraron varios minutos. Guillermina, en el backstage estaba llorando. Se acordaba de la primera tienda que abrió en un piso de 30 metros cuadrados, de su primer viaje a la India, del estampado del primer rollo de tela, de su primer cliente, de Cristina, su amiga y socia, que no pudo aguantar la crisis y tuvo que dejarlo. Ahora estaba allí, abrazándola, compartiendo su alegría. Alguien llegó y les pidió que se apartaran porque empezaba el siguiente desfile.

Después de todo lo que sucedió esa noche apenas le quedaban fuerzas para encenderse un cigarro. Fuera estaba lloviendo a mares. Se abrochó el abrigo, se subió los cuellos y buscó un papel en el bolsillo izquierdo: Avenida Lebrook, 243, habitación 394. Era el último trabajo de la noche, del año, de su vida . La avenida Lebrook quedaba cerca de su casa. Cogió el ascensor, recorrió el pasillo buscando la habitación, abrió la puerta, se acercó a la cama y disparó. La persona que dormía en la cama encajó el tiro sin moverse. ¡Ya está! Pensó. ¡Se acabó! 18 años de trabajo terminaban en ese instante. Sonrió, cubrió el cuerpo con la sábana y fue hacia la puerta. Una pareja de enamorados subía por las escaleras. Iban riéndose, besándose. Al salir de la habitación se los encontró de frente. Con la pistola en la mano, Elías miró a los chicos que permanecían congelados delante de él. Tranquilos, les dijo, hoy es mi último día y el primero vuestro. El ascensor se abrió y se alejó para siempre.

Cuando se despertó al día siguiente, Juan ya no estaba en la cama. Clara pensó lo peor. La primera cita siempre es una puesta en escena y aquella noche no pudo mostrarse tal cual era. Lo había vuelto a hacer mal. Estaba claro, pensó, lo mío no son los hombres, pero las mujeres no me gustan, así que me quedo para vestir santos. Mi tía es soltera y es muy feliz. O eso dice ella, porque yo la veo una amargada. ¡Acabaré amargada! ¡Qué horror! Si hubiera estado más putón. A lo mejor no le van las tías o le gustan vírgenes, ¡es un pervertido! Joder! ¿por qué siempre me tocan los raros a mi? La puerta del baño se abrió. Juan se acercó por detrás y le dio el abrazo más caliente y sincero que jamás se ha dado.

Después de desayunar, los dos salieron a dar un paseo por la ciudad. Raúl no hablaba. Pasaron por delante de la farmacia, del teatro, doblaron por la esquina de la oficina de correos y siguieron calle arriba. De vez en cuando, Raúl miraba a David y volvía a girar su cabeza. Una señora les saludo desde el jardín. Los dos respondieron al saludo con su mano. Llegaron hasta la estación y se sentaron en un banco. A Raúl le encantaba ver llegar al tren. David, con tal de estar con él, estaba dispuesto a lo que fuera. A lo lejos se acercaba el tren de las 12. Raúl cogió de la mano a su abuelo.

La felicidad es una horquilla y cada uno tenemos la nuestra. Nadie es más feliz que nadie.

2 Marzo 2009 a las 17:46 - POR Debla
number one

Te has dado un golpe???

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